Actos psicoanalíticos en el tiempo de la Institución

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La inclusión del sujeto en el tiempo del discurso le marca con una falta esencial. Entre un instante y otro hay un vacío, alrededor del cual se articula el devenir del tiempo. El psicoanálisis descubre en su acto que existe un tiempo que nos determina de una forma radical: el tiempo de la palabra. En el tiempo del inconsciente nace el sujeto del deseo. El analista es llamado a sostener este tiempo allí donde eso habla: en el enigma del síntoma.

Estructuralmente, el tiempo subjetivo es siempre escaso, al estar en relación con una falta que nos fuerza a una elección ética: ¿qué destino daremos a nuestro intransferible tiempo? Porque el tiempo se puede malgastar, desperdiciar o ser invertido en deuda simbólica…

(…) La verdad con la que se encuentra el analista, a su pesar y en contra de sus identificaciones más arraigadas, es la del despojamiento que sufre de su persona por la transferencia: su lugar de analista se localiza en el discurso del analizante. Poder sostener esta posición, implica necesariamente haber atravesado en su análisis personal la experiencia de la castración. ¿Cómo transmitir esta experiencia decisiva en el ámbito de una Institución?

El analista que está todo el tiempo peleándose con la Institución, ya ha elegido; sin mucho esfuerzo, encontrará múltiples coartadas para justificar su pelea. Las Instituciones tienen tal peso imaginario que pueden justificar todas nuestras frustraciones. El analista, que se enroca en un enfrentamiento especular con la Institución, muestra su impotencia para sostener su lugar y su deseo de analista.

La pelea no es inevitable: hay un lugar potencial para un analista en una Institución, a condición de que quiera apropiárselo. Sólo desde la demanda singular de un sujeto, en el despliegue de su palabra, en el horizonte de la verdad, emergerá la posibilidad de un acto analítico en la institución.

No se trata de oponer el tiempo de la Institución al tiempo del psicoanálisis; como analistas, estamos convocados a establecer un corte entre los dos tiempos. Reescribir en nuestra praxis la sentencia de inspiración evangélica, que diría que “Hay que dar a la Institución lo que es de la Institución y al psicoanálisis lo que es del psicoanálisis”, no se logra sin pagar algún tributo. La búsqueda de atajos, no querer pagar el precio, nos conducirá inevitablemente a la alternativa estéril de la rebelión o el sometimiento. ¿Cómo puede establecerse el corte entre el tiempo de la Institución y el tiempo del análisis?: Permitiendo, desde la escucha y la interpretación, que se revele el inconsciente en el marco de la transferencia. El agente de esta operación de corte es el deseo del analista y su discurso propio.

Introducir la dimensión de la palabra implica necesariamente plantear en el límite la pregunta por la causa del deseo. No siempre y en todos los sujetos, aparecerá esta pregunta por la causa, pero el corte del inconsciente no es sin ella. Se suscita una cuestión ética: En todos los casos la apuesta es ir hacia esta pregunta, quedando a la elección de cada sujeto el deseo de transitar por este camino. Esta elección, que conducirá al tiempo del análisis, no se puede predecir ni prescribir.

El saber psiquiátrico, que, en sus métodos diagnósticos y procedimientos terapéuticos, aspira a identificarse con el ideal científico de la medicina, puede producir un sujeto pasivizado, reificado, detenido en su movimiento. El sujeto de la psiquiatría está ya constituido desde un saber cerrado y acabado que ilusoriamente cree poseer todas las respuestas. El profesional de la psiquiatría, investido con la carga insoportable de ser el detentador de la solución a los sufrimientos de sus pacientes, no dejará ni el tiempo ni el espacio simbólico necesario para que el sujeto construya su propia pregunta en transferencia. Que el sujeto se interrogue por su responsabilidad de sujeto con relación al malestar del que se queja, es el reto principal. Este progreso dialéctico sólo es posible si se abandonan las certezas yoicas, pagando con la moneda de la angustia: el deseo se manifiesta en las fallas, los accidentes y los tropiezos de un discurso causado.

El tiempo, al que estamos llamados en el tratamiento psicoanalítico, ¿es el de la curación? ¿Qué tratamos en un tratamiento psicoanalítico? ¿Atendemos personas o tratamos un texto? ¿Curamos enfermedades o escuchamos la palabra que nos dirige un sujeto? ¿Cuál es el tiempo que trabaja en la trama significante de un psicoanálisis? ¿Con qué textura e hilatura se entretejen y se trenzan el tejido y los nudos de un análisis?…

(…) A veces, demandamos un saber sin fallas, sin pérdida, que nos dé garantías en nuestro trabajo como psicoanalistas. Si se pudiese alcanzar este ideal, el psicoanálisis se transformaría en una religión en la que los psicoanalistas serían los administradores de un saber acabado, cerrado y dogmático. La práctica clínica, privada de la falta, no sería más que el ejercicio puro y duro de un poder; la transferencia no se sostendría en el sujeto supuesto saber, sino en un sujeto que sabe; el deseo del analista sería sustituido por la demanda del analista; regresaríamos a ese final de análisis, aparentemente periclitado, en el que al analizante sólo le queda la salida de la identificación con el analista…

(…) Un psicoanalista nunca deberá olvidar que cualquiera de sus intervenciones, al producirse en el marco de la transferencia, tendrá un valor de interpretación. La significación particular que adquirirán sus palabras en aquel al que se dirigen dependerá del lugar que ocupa el analista en el discurso del analizante. La interpretación, palabra pescada y devuelta por el analista al río del discurso, recibe su sentido de la red significante que la captura.

Podemos comparar los efectos de la interpretación a los de una piedra arrojada sobre la superficie del agua: des-anudamiento y re-anudamiento de las ligaduras entre los significantes; desplazamiento concéntrico de las ondas de goce alrededor del punto de impacto de la interpretación; inscripción de una marca, de una hendidura y de una concavidad, apenas perceptible, en la superficie líquida del significante.

La interpretación va a incidir necesariamente sobre la economía del deseo y del goce, debido a que, por estructura, el deseo se capta en el acto de su interpretación. En un análisis, el que interpreta, el que tiene la última palabra, es el sujeto que habla, el sujeto de la enunciación. Toda interpretación, si es verdadera, sorprenderá al analizante y al analista, modificando radicalmente sus respectivas posiciones subjetivas y provocando un cambio de discurso (el salto interpretativo). Freud escribe en “Construcciones en el análisis” que la verdad de una interpretación no reside en su significado, en su semántica, sino en su potencialidad para desencadenar nuevas asociaciones en el analizante, abriendo los pasos y las barreras que obstaculizan la libre circulación de los pensamientos inconscientes…

(…) Citaré al escritor Bruno Schulz en dos fragmentos que hacen referencia al problema del tiempo:

“Los sucesos ordinarios están alineados en el tiempo, permanecen enhebrados en su curso como un hilo. Allí tienen sus antecedentes y sus consecuentes que, apretujándose, se pisan los talones sin parar, sin cesar. Esto también tiene su importancia en la narración ya que su alma es la continuidad y la sucesión. Mas, ¿qué hacer con los acontecimientos que no tienen su propio lugar en el tiempo, los acontecimientos que llegaron demasiado tarde, cuando el tiempo ya había sido distribuido, compartido, descompuesto, y ahora se hallan suspendidos, no clasificados, flotando en el aire desamparados y errantes? ¿Acaso el tiempo es demasiado insignificante para todos los sucesos? ¿Es posible que todas las localidades del tiempo fuesen vendidas? Preocupados, corremos a lo largo del tren de sucesos preparándonos para el viaje. Por el amor de Dios, ¿acaso no hay aquí venta de billetes para el tiempo?… ¡Señor revisor! ¡Calma! Sin pánico, lo arreglamos calladamente con nuestros propios medios. ¿Habrá oído hablar el lector de los carriles paralelos del tiempo en el tiempo de doble vía? Sí, existen ramificaciones del tiempo, en verdad algo ilegales y problemáticas, llevando un contrabando semejante al nuestro, ese acontecimiento fuera de lugar, inclasificable, y uno no puede mostrarse demasiado exigente. Intentemos, pues, encontrar en algún punto de la narración un desvío, un callejón sin salida, para arrojar allí esa historia ilícita. Sin miedo, sucederá imperceptiblemente, el lector no sufrirá ningún trauma. Quién sabe, quizá, cuando estamos hablando de ello, la dudosa maniobra está realizada y avanzamos por el callejón sin salida”.

La escritura del acto psicoanalítico

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